Después de cargar la vida en los hombros vale la pena ponerla a un lado y seguir andando. Más liviano, más cómodo, más cercano a la realidad íntima del ser, el ritmo propio, las vibraciones extremas. El momento de escuchar esa vocecita íntima diverge entre las personas. Hay quienes nacen oídos (aquellos que desde los 7 años saben que van a estudiar medicina y lo desean profundamente), hay quienes se hacen los sordos por conveniencia y hay quienes no oyen definitivamente lo que deben oír. No sé si clasifico en la 2 o 3a categoría.
Pues bien, para muchos (y afortunados) llega el momento de dejar de ser sordo y escuchar con atención. El proceso es doloroso e implica muchos cambios. Algunos superficiales otros más definitivos. Pero sin lugar a dudas, cambios.
Los que deciden vivirlos, son menos. Y qué grata sorpresa se llevan.
Hablo por experiencia propia. Tuve el mundo en mis hombros. No sé si por alguna culpilla que se quedó metida en mi alma o por algún deseo perdido de alguien más, quizá alguien muy cercano con mucha influencia. La cargué durante muchos años, la adopté y la hice mía. Pero surgieron vibraciones que se hicieron más fuertes y más cercanas a mi propia vibración. Dejar que estas vibraciones se apoderaran de mi ser fue el inicio de esta aventura.